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domingo, 12 de junio de 2011

Pisando charcos: La injusta fosa común del lenguaje. Joaquín Mª

Joaquín Mª Aguire (UCM)
El 28 de enero de 1948, un avión se estrelló en Los Gatos Canyon, en  el Condado de Santa Clara en California. Levaba a bordo a cuatro norteamericanos y veintiocho trabajadores mexicanos que estaban siendo deportados a su país. El tratamiento que los medios de comunicación dieron de esta noticia, irritó al cantante Woody Guthrie, que escribió una hermosa canción en homenaje a aquellas personas a las que los medios habían privado de nombre propio. “Deportees (Plane Wreck at Los Gatos)” es una hermosa canción para un horrendo hecho. Guthrie se planteaba en ella si el crecimiento de los Estados Unidos se tenía que basar en la explotación de otras personas, pero sobre todo denunciaba la indiferencia con la que aquellas muertes fueron recibidas:

Who are these dear friends who are falling like dry leaves?
Radio said, "They are just deportees"

El tratamiento informativo dado revelaba la distancia con que la sociedad norteamericana acogió aquel trágico accidente. Guthrie les puso nombre en la canción (Roselita, Jesús, María…) y los sacó de aquella fosa común lingüística que significaba la palabra “deportados” que los convertía en seres anónimos bajo una calificación administrativa. Guthrie, sin concocerlos, los llamó sus amigos y se identificó, en su dolor, con aquellas vidas anónimas reducida a ser delincuentes:

Adios mes amigos, Jesus e Maria
You won't have a name when you ride the big airplane
All they will call you will be deportees

La información que el diario El País ofrece hoy* sobre las cifras de personas fallecidas intentando llegar a Italia en los últimos meses estremece: 1.500 ahogados. Mil quinientos cadáveres sin nombres agrupados bajo distintas denominaciones, que les hacen más o menos justicia, pero que ignoran quiénes son.
Por dos veces en el texto de El País, el periódico se refiere a ellos como “prófugos”:

La Guardia Costera de Túnez recuperó este domingo los primeros 26 cuerpos de los más de 200 prófugos africanos desaparecidos el miércoles en un naufragio cuando intentaban llegar a Lampedusa (Italia) desde Libia. El pesquero libio, con 800 personas a bordo, salió de la localidad de Zuwara y se averió a 20 millas de la isla de Kerkennah, al sur de Túnez, quedando encallado en un banco de arena. Cuando las fuerzas de rescate trataban de ponerles a salvo, la nave se hundió. 577 prófugos pudieron ser rescatados, entre ellos 92 mujeres y 21 niños. [la negrita es nuestra]

El Diccionario de la Real Academia Española de la Lengua señala lo siguiente:
prófugo, ga.
(Del lat. profŭgus).
1. adj. Dicho de una persona: Que anda huyendo, principalmente de la justicia o de otra autoridad legítima. U. t. c. s.
2. m. Mozo que se ausenta o se oculta para eludir el servicio militar.

En ambos sentidos, el término “prófugo” implica que las personas huyen por algo que han hecho, algún delito cometido, por el que son reclamadas. El término “prófugo” los convierte en criminales huyendo de la “justicia” o la “autoridad legítima”. En absoluto es el caso. "Prófugo" no es todo el que huye; es el que se escapa de la justicia. De lo que escapan estas personas es precisamente de lo contrario: huyen de la injusticia. No existe condena legal por la que huyan, no existe ninguna orden de busca y captura; no son criminales. Solo son personas que buscan una vida mejor. Confundirlos —aunque sepamos que no es la intención del articulista— con personas reclamadas por la Justicia por algún delito cometido, es una injusticia que se acumula más allá de sus vidas desgraciadas y les llega tras la muerte. No añadamos este agravio final.


Si Woody Guthrie se lamentó de que aquellas personas —Rosalita, Jesús, María…— fueran amontonadas de forma anónima en las palabras indiferentes de la prensa de su tiempo, la calificación de “prófugos” a estos seres humanos que han muerto y cuyos cuerpos siguen a la deriva le hubiera escandalizado.

Añadimos algunos titulares en los que se usa correctamente el término “prófugo” y veremos que estas personas fallecidas no tenían nada que ver ni con genocidas, ni con narcotraficantes, ni con cualquier otro tipo de delincuencia. Son las víctimas; no los criminales.

* "Túnez recupera 26 cadáveres de los 200 desaparecidos en el naufragio de un barco libio" http://www.elpais.com/articulo/internacional/Tunez/recupera/26/cadaveres/200/desaparecidos/naufragio/barco/libio/elpepuint/20110605elpepuint_11/Tes



De las muchas versiones, puedes escuchar la del Boss Bruce Springsteen







Este artículo ha aparecido con anterioridad, el 6 de junio de 2011, en el Blog "Pisando charcos" (http://pisandocharcosaguirre.blogspot.com/)

martes, 1 de febrero de 2011

Pisando charcos (III)



El dedo de Mubarak

Joaquín Mª Aguirre (UCM)

En una cena con amigos egipcios, poco antes de las navidades, me contaban una anécdota de Mubarak. Desconozco si es real, pero, en cualquier caso, es significativa. Esto es lo que ocurre en las dictaduras por la falta de transparencia: a falta de verdades, proliferan las anécdotas, bulos, chistes y leyendas. Me contaban mis amigos, digo, que al entrevistar para una cadena de televisión alemana a Hosni Mubarak y ser preguntado sobre si se iba a presentar a las elecciones, el presidente señaló con su dedo índice hacia arriba. El periodista alemán, sorprendido, levantó su mirada esperando encontrar la respuesta a su pregunta directa en el techo de la habitación. Cuando el dedo del dictador señala hacia el cielo, la mirada del sensato no pasa del techo. No es estrictamente necesario ser alemán para hacerlo. Cualquier persona sensata lo hubiera hecho igual.

El deporte nacional egipcio ha sido especular sobre si Mubarak se iba a presentar a las elecciones. Cuando finalmente su dedo recibió respuesta y decidió, obediente, seguir su destino, realmente lo estaba decidiendo, aunque no en la forma que él esperaba. A veces, los dedos son difíciles de interpretar. Cuando me contaron la anécdota, les comenté que había que dejar de apuntar el dedo para arriba y comenzar a apuntarlo al pecho, a uno mismo, que es quien debe decidir. No es otra cosa lo que ha hecho el pueblo egipcio y, con días de antelación, el pueblo de Túnez.

A veces a los dictadores les pasa como al filósofo Tales, que por tanto mirar hacia las estrellas escudriñando su destino, se precipitan en un agujero. La anécdota de Tales sirvió para que Hans Blumenberg* especulara sobre la relación entre la teoría y la realidad y lo que ocurre cuando te preocupas más de la primera que de la segunda. No siempre es posible mirar hacia el cielo y evitar caer en los agujeros reales. Hay gente que se empeña en leer su futuro en las estrellas cuando debería leerlo en las caras de los que tiene alrededor.

Esta vez, la risa de la muchacha tracia, la que se desternilló por la caída de Tales, es la cólera de un pueblo harto de no ser escuchado, de no ser atendido en sus reivindicaciones y anhelos más elementales, y de que un dedo pregunte hacia arriba cuando debería hacerlo hacia abajo. Los egipcios, los tunecinos y otros que les seguirán han decidió decir basta a esos dedos levantados.

Hay muchos dedos levantados en el mundo árabe, muchos dedos apuntando al cielo. También hay muchos agujeros en el suelo, agujeros de tal tamaño que pueden tragarse rápidamente a los propietarios de esos dedos conectados con la eternidad. Triste e irónico destino el de los propietarios de esos dedos-antena: ¡rellenar los agujeros que su desidia provocó durante decenas de años! De todo ello se puede sacar una moraleja histórica: nunca dejes que un agujero se haga tan grande como para convertirse en tu propia tumba.

* Hans Blumenberg (1999): La risa de la muchacha tracia. Una protohistoria de la teoría. Valencia, Pre-Textos.



domingo, 30 de enero de 2011

Pisando charcos (II): Mundos sin futuro

Mundos sin futuro

Joaquín Mª Aguirre (UCM)

Estuve por última vez en El Cairo en el mes de junio. Volví allí, pasados apenas un par de meses, por la impresión que me causaron los estudiantes de su universidad. Todavía recuerdo con agrado conversaciones, con una bandeja de comida delante, sobre las relaciones entre la poesía de Wallace Stevens y la obra de Octavio Paz o sobre la utilidad de realizar una tesina sobre la obra de Ricardo López Aranda. No son temas frecuentes en las conversaciones y yo los encontré con los estudiantes de El Cairo. Los que va a hacer simple turismo no se preocupan demasiado porque los jóvenes que le esperan en el aeropuerto para llevarlos hasta su hotel hayan estudiado el Mío Cid y la Celestina.

Lo que estamos viendo en los países árabes es el resultado de una política sin futuro que está destruyendo a la juventud de muchos países. Pero no es exclusivo de ellos. Hay países que tienen visión de futuro y otros que no. Los que no la tienen acostumbran a ver a sus jóvenes como mano de obra barata y como consumidores. Esta visión afecta a políticos y al mundo de la empresa y está destruyendo el fondo de las relaciones sociales tiñéndola con desesperanza e indiferencia. La revolución del mundo árabe es la de los jóvenes a los que se fuerza a malvivir en sus países o a emigrar a otros donde son tratados, en muchos casos, como delincuentes potenciales. Atrapados entre estas dos opciones, la respuesta no puede ser otra más que la rebeldía, la rabia que estalla finalmente.

Me decía una amiga periodista egipcia al comienzo: “el peligro de todo esto es que se junten los jóvenes internautas con los chabolistas”. No le faltaba razón; la desesperación camina entre los dos extremos. La conjunción de los que no tienen nada que perder y los que no tienen nada que ganar es siempre explosiva y en el caso de Egipto y de otros países árabes es la triste realidad.

Occidente tiene mucho que aprender y mucho que aportar en esta situación. Tiene que aprender que crear generaciones sin futuro es muy peligroso y tiene que aportar al mundo árabe algo que este urgentemente necesita: esperanza y mano tendida. El gran problema del mundo árabe es la pérdida de la autoestima, el sentirse completamente abandonado por los que les gobiernan y despreciado y criminalizado por los que están fuera. El camino que emprenden ahora necesitará de mucha ayuda y comprensión, sobre todo. La necesidad urgente hoy es edificar un moderno islam que puede llevarles hacia el futuro, su propio futuro. De no entender esto, se corre el riesgo de que las fuerzas no vayan hacia el futuro, sino hacia el pasado, sacarlos fuera del tiempo. Los cientos de miles de árabes que hoy han vencido el miedo, que han quebrado el muro de los discursos recibidos durante décadas piden libertad y un mundo más justo, piden libertad y el derecho a poder trabajar dignamente; reclaman el derecho a tener gobiernos que se preocupen de sus pueblos y no de sus propios fines. No piden mucho más…, por ahora. Occidente necesita menos geoestrategia y más sentido común para entender estas situaciones, menos cálculo y más generosidad.

En la rebelión, como señalaba alguien que conocía muy bien el mundo árabe, Albert Camus, está la dignidad. El “viernes de cólera” vivido no es más que el resultado de muchos otros viernes sin cólera, viernes de resignación y de confiar en la providencia. Por eso se equivocan los que pretenden que la situación se pudra. No es un desahogo. Quizá no haga falta demasiada reflexión para entenderlo. Albert Camus escribió en la que sería su novela póstuma: “… a fin de cuentas el único misterio es el de la pobreza, que hace que las gentes no tengan nombre ni pasado”* (279). Sin nombre, sin pasado… y sin futuro, solo quedan las calles y la cólera.

*Camus, Albert (1994): El primer hombre. Tusquets, Barcelona.



Pisando charcos (I) Joaquín Mª Aguirre

Otra vez lo imposible

Joaquín Mª Aguirre (UCM)

En su última obra, Milagros y traumas de la comunicación*, el filósofo italiano Mario Perniola apunta la siguiente observación: “Desde la Segunda Guerra Mundial ocurrieron en Occidente cuatro hechos imprevisibles, que tomaron desprevenido hasta al público mejor informado: el Mayo francés de 1968, la revolución iraní de 1979, la caída del Muro de Berlín, en noviembre de 1989, y el atentado contra las Torres Gemelas de Nueva York, en septiembre de 2001. Frente a estos hechos, la inmensa mayoría de las personas hizo propia una frase del escritor francés Georges Bataille: “Impossible et pourtant là” (“Imposible, y sin embargo aquí!”) (13).

De haberse publicado hoy, Perniola habría tenido que añadir, dentro de esta serie de acontecimientos imprevistos cada diez años, la revolución que se está viviendo en el mundo árabe. El levantamiento de Túnez y, en estos momentos, de Egipto, a los que hay que añadir los movimientos en Jordania, Yemen, etc. pueden incluirse con pleno derecho en los señalados por Perniola. Un matiz importante: los acontecimientos ya no ocurren en Occidente. Los acontecimientos ya no son nacionales u occidentales. Los auténticos acontecimientos, los que transcienden la anécdota histórica, son ya, desde hace tiempo, globales. No debe entenderse la globalización como simple internacionalización, sino como aumento de la complejidad. El grado de imprevisibilidad está predeterminado por el grado de complejidad. En un mundo complejo, los acontecimientos ocurren. Y aunque haya voces que los adviertan, como ocurrió con el bombardeo de Pearl Harbour o con los ataques terroristas del 11-S, nos parecen tan insólitos que se vuelven invisibles… ¡hasta que ocurren!

La necesidad de simplificar lo complejo para explicarlo hace que se pierdan los matices esenciales. Puede parecer una paradoja hablar de matices esenciales, pero las cosas ocurren por las acumulaciones de lo pequeño o, si se prefiere, por el desbordamiento de lo cotidiano. Lo cotidiano es lo que está ante nuestros ojos, lo que parece irrelevante, pero que está ahí, denso e invisible, como la materia oscura del universo, condicionando con su atracción todo lo que ocurre. La perspectiva de los propios medios y analistas de centrarse en la noticia hace olvidar lo que constituye el fondo de la realidad: la normalidad. Las grandes emergencias de lo imprevisto no son más que ese desbordamiento de la normalidad, de lo que está ocurriendo ante nuestros ojos ciegos por saturación.

Hemos perdido, en gran medida, la capacidad de ver lo que tenemos delante o de prever sus consecuencias. Siempre hay señales que nos advierten, pero no siempre somos capaces de percibir su importancia. La mirada está condicionada por las expectativas de las cosas. Vemos lo que creemos posible. Lo imposible —una revuelta estudiantil, una revolución, la caída de un muro, un atentando suicida…—, sin embargo, ocurre. En un mundo tan complejo como el que estamos haciendo, es importante educar la mirada, aprender a ver rompiendo las cegueras que nosotros mismos nos creamos. De otra forma, la realidad siempre nos sorprenderá, nos pillará, como antes se decía, con el pie cambiado. Y nos costará recuperar el paso.


* Perniola, Mario (2010): Milagros y traumas de la comunicación. Amorrortu, Buenos Aires/Madrid.